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Columna: el tiempo libre que no alcanza para nada

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Sillón con manta, café y un libro

Terminamos la semana agotados y con la impresión de no haber hecho nada propio. La paradoja es que, en términos de horas, deberíamos tener más tiempo libre que nunca.

Es una escena conocida: llega el domingo por la noche y aparece la sensación de que el fin de semana se fue sin dejar nada. No hubo descanso real, tampoco algo memorable. Solo pasó.

Lo curioso es que las horas estaban. El problema parece ser otro.

Ocio fragmentado

Buena parte de nuestro tiempo libre llega en pedazos: diez minutos acá, veinte allá, un rato antes de dormir. Y hay actividades que simplemente no caben en esos espacios. Leer un capítulo, cocinar sin apuro o conversar de verdad necesitan un bloque continuo que rara vez aparece.

Con el tiempo picado en fragmentos, lo que calza es lo que se consume rápido: el teléfono, el video corto, el desplazamiento infinito. No porque se elija, sino porque es lo único que entra en diez minutos.

El descanso que no descansa

Hay una diferencia entre distraerse y descansar. Dos horas de desplazamiento en el teléfono distraen, pero rara vez dejan la sensación de haber recuperado algo. Al terminar suele quedar una fatiga difícil de explicar, porque en teoría no se hizo nada.

La agenda del ocio

También apareció una idea curiosa: la de aprovechar bien el tiempo libre. El fin de semana se llena de planes, cursos y pendientes postergados, y termina siendo otra lista de tareas. El ocio se volvió algo que también hay que administrar con eficiencia.

Recuperar el bloque

Quizá lo que falta no son más horas sino horas enteras. Una tarde sin interrupciones vale más que una semana de ratos sueltos.

Y probablemente incluya algo que suena mal en una época que premia la productividad: dejar tiempo sin destino. No para aprovecharlo, sino para no hacer nada en particular. Que es, después de todo, de donde suele salir lo bueno.